Si señor, termina agosto y hacen su aparición las calimas, después de un año ventoso que no ha dejado tregua al verano sahariano al que nos tenía acostumbrado los años anteriores.
Un verano abrasivo, demoledor para la mente, un verano que sin duda sin el factor isla sería igual o peor al que puedan sufrir en la meseta castellana o en Andalucía
El isleño lo soporta bien; busca un buen sombrero, un resguardo del sol y del viento, y el mar en los momentos de relajo.
Se desarrolla entonces el diálogo con el interior, en el que surge la sensación de inferioridad con los elementos de la naturaleza; el inmenso mar, la hirviente tierra, y el viento...
Ese mismo que hizo que Unamuno no pudiese soportar su desgraciado destierro.
El viento que seca las matas verdes de todo aquello que quiere ser arrancado a la tierra en forma de alimentos excepto la uva, como si con ello te concediera el beneplácito de obtener de algo que te permita evadirte durante unas horas de su tiranía.
Ese viento que no permite que se puedan mantener conversaciones y charlas puesto que caprichoso, se lleva las palabras, y hace que los tengan que aumentar su esfuerzo para ser entendidos.
El mismo que les recuerda a los visitantes que este es su territorio, que aquí todo debe quedar amarrado, de lo contrario, recibirán su caricia haciéndoles desaparecer en cuestión de segundos sus sombrillas, sombreros, o todo aquello que dejen a su alcance.
El alisio es un viento juguetón, un viento que se despereza poco a poco, ora sopla con fuerza, ora amaina. Y cuando crees que se ha ido, vuelve y te da un portazo.
Donde realmente se siente cómodo es en el campo lanzaroteño, allí no encuentra obstáculos. Moldea las rocas y las montañas dándoles formas tamizadas, voluptuosas, naturales.
Y es ahí, en el campo, donde su silencio se convierte en murmullo arrítmico al mover las hojas de las palmeras dispersas, transmitiendo esa sensación soporífera de inacabable domingo.
El gobierno de la isla, lo ejerce con tiranía, ordena y manda sobre todo y todos, haciendo que lo tengan presente a la hora de tomar cualquier decisión, pero la capacidad de adaptación de las personas no conoce límites, y en su afán de superación, se obtiene la recompensa.
Recompensa que proviene de la satisfacción de vencerlo, aunque solo sea por unos instantes, desafiarlo subiendo una pequeña cumbre de una montaña, saber que cuando llegas allí encontrarás tu merecido premio, aun a sabiendas de que el, enojado soplará con más fuerza, consciente de que ha sido derrotado, y no te permitirá disfrutar mas que por un corto espacio de tiempo de las grandiosas vistas, pero tú, consciente de tu efímera superioridad bajarás satisfecho para volver a refugiarte de el hasta otra ocasión.
ALGÚN DÍA CONSEGUIRÉ COLGAR FOTOS DESDE LOS ORDENADORES PÚBLICOS.
